abril 29 / 2003. Los Angeles International Airport

En un  “ciber-bar” miro mi reloj lleno de raspones: 10:10 pm. Falta una hora para despegar. El nombre del lugar: “Travel Right Café”, inspirado creo yo en el “high” que te da la cafeína.  No se venden ni lattes, ni espressos, pero si Cuba Libre, Manhattan, Key West, London Guard y hasta un trago llamado Acapulco-Rita. Dam! Lo que hacen los publicistas para inundar la geografía de los alcohólicos.

Observo a la “ciber-banda” y digo “ciber” porque en cada mesita existe una conexión de internet de alta velocidad, perfecta para saber si los últimos 3 números del “lotto” están en su boletito o para checar el pronóstico del tiempo en Iraq, el cual seguramente fallará.

Pido otra Sam Adams, la que está de oferta porque el “Drinko de Mayo” se aproxima y hay que celebrar la Batalla de Puebla con una cerveza “Ale” típica de Boston. ¿Por qué no? En la guerra y en la transculturación todo se vale, hasta el amor.

En el inter, unos marines que más bien parecen “Hooligangs” de Dodge City Kansas, son expulsados del bar por ser menores de edad. Solo uno de ellos, el que tiene cara de niño, se queda. Sus amigos se van para “ponerse” con un helado de McDonald’s. El cuerpo pide azúcar, no importa de dónde provenga.

Gente bonita, vieja, joven, de Miami, de Londres y de Nueva York camina por los pasillos del aeropuerto. Muchos hacen una parada rápida en el bar para refrescar su garganta con una cerveza o mojarse los labios con un Martini, un Chardonnay californiano o con un poco de agua de diseñador. De la nada una chica se acerca y se sienta junto a mi. Se trata de una stripper de Illinois que necesita un cable para conectar su laptop. Se ve muy fresa como para ser stripper, aretes de diamantito, manicure francés y cabello sedoso y largo como sus piernas. “Lo que deja quitarse la ropa” pienso en voz alta. Es guapa y tiene un piercing en la lengua . También vuela a Chicago O’Hare, en el mismo avión que yo.

-“Brochelle” is my name.

Me dice con ojitos juguetones.

Brochelle… ¿qué nombre es ese? Como buena criatura de la noche oculta su verdadero nombre bajo lo exótico y lo místico, seguramente se llama Barbara, Susan o Mercy. Inmediatamente pienso ¿cómo me gustaría llamarme? “Lucca Conti, Manú Caché, o Dante Potente”, esos sí son nombres de hombres.

-I like your accent, where are you from?

Dudo un instante pero le contesto con firmeza:

-Mexico City!

¿Por qué no? La gran Tenochtitlán, una de las ciudades más grandes del mundo, la ciudad de la esperanza, algo de orgullo me aborda.

-Ohhhh yeahhh…

Con cierto desaire.

 -Mexico, yeah, “Baja and Rosarito”, I’ve been there!  The fish tacos are really good!

¡Puta madre! Como era de esperarse ella también cree que el Guacamole, los Mariachis y el Burrito de carne asada son nuestras grandes creaciones, nuestras aportaciones al mundo. Una vez más los clichés salen a la luz.

¿Qué carga histórica traemos los mexicanos? ¿Qué maldiciones nos impiden acabar con la corrupción y ganar en penales? ¿Qué necesitamos para concretar y conquistar? Así como somos únicos y apasionados, también nos quedamos cortos, viviendo en el eterno…  “¿y si hubiera?, “ya merito” o “ahí pa’ la próxima”.

¿Se tratará de un “karma histórico”? ¿De una carga energética negativa cautiva en lo más profundo de nosotros? Tal vez todo comienza con la Malinche y Cortés, con la violación de nuestro pasado para convertirnos en los bastardos del destino. Octavio Paz analiza lo que yo simplemente intuyo en el “Laberinto de la soledad”.

Mientras reflexiono, el marine que se quedó se acerca a nosotros y trata de ligarse a la bailarina con sus aventuras en la guerra de “Nevada”. (¡No mames güey! Ahí nunca hubo una guerra). Su discurso es muy simple: “Mi AKA 44 es “acá” de grande”. ¡Chale! así miden estos güeyes su hombría, con el poder destructivo de sus armas.

La stripper no sonríe, ni se inmuta. Hoy es su día de descanso y no tiene que aguantar a los hombres.  Lo más curioso es que a mi me cuenta de su perro, de su casa en la playa, de cómo le gustaría viajar a la Argentina y de cómo Giuliani va a terminar con las mafias en México. No hablamos ni de sexo ni de drogas. Cada quien se termina su trago.

Let’s go honey, we’re gonna miss our flight!

 

 La última vez que vi a Brochelle fue dentro del avión antes de despegar. Ella acomodaba su maleta (seguramente llena de lencería y zapatos rojos con plataformas gigantes) en los compartimientos superiores, junto al estuche de un violín. A lo lejos algo me decía, pero nunca le entendí por andar buscando el piercing entre su lengua y sus palabras.